miércoles, 25 de junio de 2014

La tormenta de arena



I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love-
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

                                      E.A. Poe



Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana".  Eran tiempos confusos, uno no sabía muy bien bajo que cielo estaba ni que suelo pisaba. Mi escritorio estaba lleno de folios escritos, viva imagen de un quiero y no puedo, el día tiene veinticuatro horas y, aunque el sueño se lleve una porción mínima, no podía escribir con tinta y carne al mismo tiempo. Mi guitarra, silenciosa compañera, vigilaba todo lo que sucedía entre las cuatro paredes de mi cuarto y a ratos parecía suspirar como pensando que estaba haciendo algo mal.

Fuera de mi habitación se libraba una guerra, me pareció entender una vez que los bandos eran, por un lado, el Mundo, y por el otro lado el Tiempo. No puedo afirmar tal extremo, nunca vi ningún soldado ni  de uno ni del otro lado, pero cada noche en la lejanía escuchaba los cañones y los lamentos de las familias que habían perdido a algún miembro. La contienda bélica no me asustaba en absoluto, mi refugio eran las cuatro paredes de mi habitación y aquí el Mundo no tenía influencia y el Tiempo, el bando más temido, tampoco tenía poder.

Eran tiempos confusos, sin duda. El calendario se desangraba a una velocidad extraña, me pareció que mi estancia se había alargado en aquel sitio durante años pero no fue tanto, fue suficiente, si acaso estas palabras son prueba de ello. El desierto y la nada rodeaban la casa donde vivía. Un día podía hacer un calor asfixiante y al otro un frío invernal, incluso combinarse. Podría definir aquel lugar como ridículo: su gente era ridícula, sus formas de mirar ridículas como ridículos eran sus andares, sus comidas locales ridículas, incluso todo lo que era foráneo y llegaba allí también era ridículo, yo era ridículo, hasta ella era ridícula. No recuerdo el nombre de la ciudad, ya llevo tantas en la espalda que se me mezclan en un torbellino de recuerdos... ridículos.

Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana". Y ella se iba. Yo me quedaba mirando el sol con mirada agresiva pero no podía hacer más que odiarlo por ser jinete del Tiempo. Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana". Ella decía que se iba pero no se iba, ella sonreía y yo también, y nos fundíamos en un abrazo. Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana". Y el que se tenía que ir era yo.

Las tardes en el tedio de la rutina de aquella ciudad eran simples, se basaban en vaciar trago a trago una botella de bourbon, escribir y sonar una guitarra. Los gatos venían a verme por si les dedicaba alguna canción. Cada día les explicaba que en la vida nada era gratis, que quien quisiera escuchar una canción de mi boca tenía que pagar el módico precio de un beso por tema. Ha llovido desde entonces, ya no canto en privado ni aún por ofertas más generosas. He perdido las ganas de usar la música a mi favor, olvido mis letras y ya casi ninguna boca me interesa. C'est la vie.

Aquel año, a mediados de septiembre, una tormenta de arena se desató y cerré la puerta de mi habitación. Coincidió que ella había venido a verme con alguna excusa que no terminé de creerme. Quedamos encerrados allí durante un mes. Hablábamos sobre todo lo que sirve para nada y es lo más importante del mundo, la literatura; hablábamos sobre las tendencias musicales, ella era más moderna y yo más clásico; hablábamos sobre relaciones, ella era la reina de las contradicciones. Sobre ésto terminé pensando que ni ella acababa de estar convencida de sus palabras, pero que le iba a decir yo, si soy una contradicción que respira y, además, me encantaba escucharla. Me hubiera gustado utilizar su cuerpo como papel en blanco y escribir en él todo lo que me fuera pasando por la cabeza pero nunca llegué a proponerla ser un poema andante, para mí todo se acaba después del primer "no" y no quería jugármela. 

Los últimos días de la tormenta fueron los más salvajes. A cada golpe que escuchaba ella se asustaba y miraba hacia la ventana o hacia la puerta como esperando ver entrar a alguien, pero no había nadie, nunca había nadie, cómo ya os dije mi habitación era un refugio. Nunca hubo más paz dentro de cuatro paredes ni más horror fuera de ellas, pero allí estábamos nosotros, en pleno ojo del huracán y sin enterarnos de nada. Un día la arena dejó de volar y volvió al suelo.

Hace varios años de aquellos días. La tormenta cambió muchas cosas que pensaba fijas y estáticas en su sitio pero no sabría deciros que vino en los días siguientes. Solo recuerdo que la guerra llegó hasta donde estábamos, que ella abandono aquellas tierras antes que yo y que un día el pálido jamelgo vino a buscarme otra vez para decirme "Es hora de volver a cambiar de ciudad".  Yo lo monté con la mirada fija en Madrid, pero Madrid estaba tan lejos y los caminos siempre se torcían antes de llegar a la capital. El trayecto iba a ser largo, largo, largo...