lunes, 23 de mayo de 2016

Impresión, sol naciente

1872, Monet pinta «Impresión, sol naciente». 1948, nazco en un pequeño pueblo de la sierra norte de Sevilla. Mi padre era hijo de un terrateniente, mi madre la maestra del pueblo. Durante mi infancia no recuerdo que me faltara de nada, tuve una recatada y católica niñez. 1967, mi padre nunca estudió, pero quería que su hijo fuese un hombre digno de respeto, así que me envió a estudiar Derecho a París, a la Universidad de la Soborna concretamente. 1968, visito el museo Marmottan y quedo fascinado con la obra de Monet, la imagen del amanecer de «Impresión, sol naciente» quedará grabada en mis pupilas para el resto de mi vida. Un mes después de la visita a la pinacoteca estalla el mayo francés, no entendí nada de aquella rabia estudiantil pero allí descubrí el placer del «arte por el arte» lanzando adoquines contra con la policía. 1969, mi padre decide ponerle fin a mi estancia en Francia debido al escaso aprovechamiento académico. Aun así, no desiste en hacer de su hijo un hombre cultivado y me manda a Madrid con la intención de que me saque la carrera de Derecho. 1974, me licencio y comienzo a trabajar en un despacho de la Gran Vía. Me fijo en Cristina, la secretaria del bufete y a los cinco meses empezamos a salir. 1976, a pesar de nuestros pequeños sueldos Cristina y yo decidimos casarnos, celebramos la boda en la finca familiar. Mis padres se hacen cargo de los costes del evento. 1977, con ayuda de la familia, y gastando nuestros pequeños ahorros, compramos nuestro primer piso en propiedad en la periferia. En el salón cuelgo una réplica del amanecer de Monet. 1979, nace mi hijo Claudio. 1981, nace mi hija Raquel. 1983, pasamos por momentos económicos delicados, las cargas familiares ahogan nuestra economía. Pido un aumento de sueldo en el despacho y me lo conceden. 1985, algún desconsiderado roba «Impresión, sol naciente” del museo. 1986, la familia nos vamos a veranear a Málaga. Recuerdo los niños en la playa haciendo castillos en la arena. Es, quizás, el momento más feliz de mi vida, pero aún no lo sabía. 1989, me hacen socio del bufete, eso supone mucha más carga de trabajo, comienzo a pasarme días enteros atrapado en mi oficina. 1990, las autoridades recuperan «Impresión, sol naciente”. 1992, me ofrecen entrar en política a través de uno de los clientes a los que asesoramos. Acepto solo porque el partido también me pone sueldo. 1993, compramos un chalet en la playa, la vida laboral va viento en popa, pero por la noche cuando vuelvo del trabajo la casa se transforma en Vietnam. 1995, entro a dirigir una concejalía de un ayuntamiento de la periferia. Las irregularidades me llenan los bolsillos, los bolsillos me permiten putas y cocaína, las putas y cocaínas provocan mi divorcio con Cristina, mi divorcio con Cristina provoca más putas y cocaína, el exceso de putas y cocaína me da una cartera de contactos (imprescindible en la carrera política) y una noche en Urgencias por una sobredosis (tuvieron el detalle, visto mi perfil público, de decir que oficialmente me ingresaron por una intoxicación alimentaria). 1996, abandono el despacho y me dedico exclusivamente a la política. 1999, muere mi padre en febrero, en abril mi madre. 2001, me siento como mi progenitor en sus tierras, nadie hace nada sin que yo dé permiso, y nadie gana nada sin que yo me lleve una parte. 2002, llevo tres años sin ver a los niños. Al principio era yo el que descuidé las visitas, luego fueron ellos los que no quisieron venir a verme. 2005, amaso cantidades indecentes de dinero. Tengo cuentas en Suiza, Panamá, Islas Caimán… en tantos paraísos fiscales que el día que quisiera retirar toda mi fortuna podría dejar algún banco sin liquidar en alguna isla perdida por mero despiste. 2007 me compro un tigre y lo dejo en mi finca. No es que me gusten los animales, pero poca gente puede fardar de tener un tigre en su finca. Noto un ligero descenso de visitas cuando estoy allí. 2011, en plena crisis económica sigo amasando unas cantidades exageradas de dinero. La ciudadanía sigue votándome, pagándome, siguen sujetando mi trono de oro mientras el palacio se derrumba. Por suerte ningún escombro cae sobre mi cabeza, las piedras siempre golpean a la gente de abajo. 2012, mi hija se ha casado, no he sido invitado a la boda ni ha aceptado el regalo que le mandé. Eventualmente hablo con mi hijo, está estudiando medicina en Madrid. 2015, sin comentarios. 2016, todas las mañanas contemplo el amanecer del puerto del Havre, su sol humedecido, sus barcas y sus pescadores. Un póster plastificado de «Impresión, sol naciente» es lo único que me dejaron meter dentro. Mi nuevo apartamento no mide mucho más de tres por dos metros y la luz del sol del cuadro de Monet es la única iluminación que entra en mi celda del presidio del Puerto de Santa María. Me han caído cuatros años por blanqueo de capitales y tráfico de influencias. Mis abogados dicen que con suerte en un año estaré fuera. Mientras tanto, me paso el día contemplando ese sol tibio en aquel puerto francés. C’est la vie.

jueves, 14 de mayo de 2015

Alguien mató a la Poesía (3º Premio Narrativa Breve Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz)

Toda historia se escribe desde un principio de observación. Los ojos y los oídos captan lo que luego la mano escribe. Después de leer mi relato me llamaran mentiroso o bien exagerado, loco o algún adjetivo que describa a quien llevo dentro. No se puede ser juez y parte, por tanto no debo ser yo el que estime si mis actos durante estos últimos meses en la Facultad de Filosofía y Letras fueron fruto de un episodio psicótico o realmente estaban justificados por la obligatoriedad de los hechos que a continuación narraré.

Un día del pasado año llegó a la mesa de mi escritorio un sobre que contenía una nota con una sola frase “Han matado a la Poesía”. Un crimen se había llevado a cabo, un cadáver estaba tendido sobre la acera y yo tenía el deber de resolver este asesinato.  Hacía un par de años que no me encargaban ningún asunto relevante y este caso podría relanzar mi carrera como investigador. Cogí mi libreta y un bolígrafo, las guardé en mi mochila y salí por la puerta de mi apartamento. La única indicación que tenía el sobre era una dirección en el cierre “Avenida Doctor Gómez Ulla, 1”. Apreté los dientes y bajo una fina lluvia de otoño me dirigí hacia aquel lugar.

Al llegar al sitio me encontré con que era la Facultad de Filosofía y Letras. La Universidad de Cádiz había hecho suyo un antiguo cuartel y había cambiado la armería por la biblioteca y alguna que otra cosa más. Antes de cruzar el umbral apagué el cigarrillo contra la fachada exterior y sacudí mi gabardina del agua de la llovizna. Allí dentro podría estar el asesino y debía desconfiar de todos.
Al poner un pie en el vestíbulo sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Me giré lentamente y allí, dentro de la recepción, dos ojos medio cerrados me miraban tras los cristales de unas gafas. Dije “Buenos días” pero el conserje parecía una estatua que hubieran robado del Parque Genovés y hubiesen dejado allí. No supe cómo reaccionar ante la no devolución del saludo así que paso a paso fui abandonando la entrada para dirigirme hacia las entrañas del edificio. El interior de la Facultad mantenía la estructura castrense con unas edificaciones modernas agregadas con posterioridad a la construcción original.  La división del entramado de aulas rozaba lo laberintico hasta el punto de que era mejor seguir mi instinto detectivesco que los carteles indicadores. En realidad no sabía a donde debía ir por lo que técnicamente no puedo decir que me perdiera pero ciertamente nunca tuve claro por donde anduve explorando. “Todos los caminos llevan a Roma” supuse. Tras deambular una hora me detuve frente a uno de los numerosos paneles de cartelería para uso libre, allí se acumulaban anuncios de toda índole y de una holgura temporal de la que concluí que no despejaban de anuncios el panel desde hace años. No era una exageración, por curiosidad metí la mano entre varios carteles para llegar hasta el corcho y saqué una octavilla que estaba grapada “Conferencia en el Aula Magna. Escritor invitado: Dámaso Alonso”

La Poesía había muerto pero ¿quién la había matado? En la Facultad los perfiles sospechosos se podían reducir a unos pocos: los docentes; los alumnos; y la administración política en la cual se encontraban desde el Consejo de Gobierno, el decanato hasta los responsables de los departamentos. ¿Quién tendría motivos para tal asesinato? ¿Por dónde empezar a resolver el caso? En ese momento no tenía respuesta a estas cuestiones pero sí empezaba a notar la imperiosa necesidad de acudir al urinario más cercano. Estaba en el hecho cuando me fijé en un pequeño escrito en la pared del baño “vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”. Reflexione, me subí la cremallera, sonreí y puse rumbo hacia el cementerio más cercano.

El olor a papel me invadió cuando abrí la puerta. La biblioteca se extendía por varias salas y niveles lo que me iba a suponer muchas horas de trabajo. Necesitaba ojear el catálogo así que busqué los ordenadores y al encontrarlos me llevé la sorpresa de que todos estaban apagados. Usé todos mis conocimientos de informática avanzada para solucionar este contratiempo: pulsé el botón de encendido pero las computadoras no arrancaron. También chequeé los cables pero todos estaban en sus correspondientes conexiones y todas las fuentes de alimentación estaban conectadas a la corriente eléctrica. Agotados mis recursos en ingeniería informática me vi obligado a acercarme al mostrador a pedir ayudar. “¿Ha probado a encender los ordenadores?” “Sí señora, pero no encienden” “¿Has mirado que estuvieran enchufados?” “Sí, también” “Qué extraño, bueno, dígame qué libro busca” “En realidad ninguno en particular”. Avergonzado me di media vuelta y me perdí entre las estanterías.

Quizás anduve unos minutos o unas horas, no sabría deciros, el caso es que andando llegué a una sala a la que no sabría volver. Allí se encontraba un hombre sentado en una silla entre montañas de libros. Se me congeló el alma al ver que este individuo, con perilla y gafas, tenía un puñal clavado en la espalda. Le pregunté “Señor ¿está usted bien?” “Raro este cielo para ser de mayo” me respondió. Miré hacia arriba pero solo vi las barras fluorescentes que iluminaban la habitación. “Estoy investigando la muerte de la Poesía” “Querrá usted decir el asesinato” “¿Qué sabe usted del hecho?” “Muerta está por la ideología. Asesinada fue por Caín”. En algún momento de la conversación, y sin que me percatase, el hombre de las gafas cogió una escopeta y ahora la tenía entre sus manos. Ante mi asombro éste introdujo el cañón en su boca y se disparó. Salí corriendo por lo que me parecieron infinitos corredores de obras escritas hasta llegar a otra sala, ésta mucho más grande, donde había un trono hecho con volúmenes de antología poéticas variadas y que estaba adornado por botellas de whiskey vacías.  Un anciano con una corona de juguete sobre la frente estaba sentado a modo de rey. “Majestad” le dije con cierto sarcasmo “estoy investigando el asesinato de la Poesía ¿no tendrá su alteza información sobre tal vil hecho?” “Vosotros, todos vosotros, toda esa carne que en la calle se apila, sois para mí alimento”. Mientras me respondía eso me apuntó con el dedo índice de su mano izquierda y abrió los ojos como si fuera un búho. “¿Follamos? A mí no me gustan los hombres pero es más fácil ligar con ellos” Si ya me habían aterrado sus primeras frases la última me hizo volver a salir corriendo entre el laberinto de libros. Di a parar a una salita donde había apilado bloques de billetes y donde había un espejo con una inscripción “Di algo, coge tu dinero y vete”. Me asomé al espejo y vi mi reflejo pero lo que había detrás no era la estancia donde me encontraba sino un auditorio lleno de gente que me miraba atentamente. Muerto de vergüenza dije “Buenas noches, he llegado hasta aquí investigando un asesinato…” y no supe que más decir. Tras unos segundos de incómodo silencio alguien del público gritó “¡Bravo! ¡Genio! ¡Poeta!” y todos los asistentes enloquecieron aplaudiéndome como si les hubiese presentando la mayor obra de arte de la historia. El espejo se quebró y yo volví a huir hasta que encontré la puerta para abandonar la biblioteca.

Había tomado nota de cada suceso de la experiencia acaecida minutos atrás. Tenía que analizarla y sacar conclusiones. Me dirigí hacia la cafetería con intención de tomar un café mientras estudiaba mis apuntes pero al llegar allí me encontré un centenar de personas intentando tomar por la fuerza un sitio en la barra. Me llamó la atención que no todas las mesas estaban ocupadas por lo que el flujo de gente que abandonaba las mesas era inferior al que había conseguido hacer su pedido lo cual era un movimiento ilógico. Conseguí hacerme un hueco entre la multitud para averiguar que estaba pasando y vislumbre a varios camareros que iban de un lado a otro con pedidos pero que por el camino iban hablando con toda la primera fila. Entendí que tardaría bastante en conseguir algo que tomar así que decidí salir fuera a buscar alguna máquina de café instantáneo como las que hay en cada esquina de cada facultad de Europa. Resulta que en esta no, ni máquina de café, ni de aperitivos, solo una de refrescos y que aparentemente no funcionaba. Así que haciendo un esfuerzo estoico me senté en un banco sin aplacar ni mi hambre ni mi sed y comencé a leer mis notas. Todas eran muy confusas y aún eran insuficientes para elaborar una hipótesis con la que pudiera resolver el caso. De hecho ahora habían aparecido otros interrogantes ¿Murió la Poesía por una traición? ¿Habría enloquecido hasta hacerse irreconocible para luego defenecer? ¿Hubiera abandonado su trono para confundirse con lo popular y reconocida por la multitud fue presa y asesinada? Debía seguir investigando.

Pensé que quizás me faltaban datos, alguien en la Facultad debía saber qué ocurrió y yo tenía que encontrarlo. Me propuse interrogar a todo aquel sospechoso de poder haber atentado contra la Poesía y empecé con los profesores. No tuve mucha suerte con los tres primeros despachos que visité, en dos de ellos los profesores no estaban por no ser día de tutoría y en el tercero siendo día de recepción tampoco había nadie haciendo acto de presencia. Fue en el cuarto donde encontré a un viejo doctor sentado en su silla delante de un ordenador. Miré hacia todos lados, aquel pequeño cubículo de paredes llenas de humedades y escasos metros cuadrados que eran compartidos por dos docentes no parecía digno para alguien de tal categoría. Cuando le conté el porqué de mi visita me pidió que me sentara y me atendió en un tono muy amable “He aquí lo que yo pienso sobre el suceso que usted me expone. La poesía contemporánea se ha desarrollado en una sociedad posmoderna donde la imposibilidad de las Grandes Narrativas ha desvirtuado los órdenes sociales. Siguiendo la línea expuesta por Rosenau se debe entender que el orden naciente está arraigado en contradicciones y ambigüedades y no disminuye el sentimiento de incertidumbre en cuanto al rumbo que llevan los asuntos mundiales y la probable incidencia del curso de los acontecimientos en los asuntos personales.”- Me estaba absorbiendo con su dialéctica pero no estaba entendiendo nada de lo que me decía- “De hecho, mientras más reconoce uno las contradicciones y acepta las ambigüedades, mayor es la incertidumbre que experimenta; y esa incertidumbre se intensificará inevitablemente mientras más pondere uno la multiplicidad de razones que han llevado a que el fin de la Guerra Fría esté acompañado de inestabilidades generalizadas”. El discurso siguió durante minutos, quizás horas, no sé, yo había perdido el hilo en la tercera frase. Cuando acabó se hizo el silencio. Me levanté de mi asiento en un estado de colapso mental, le di las gracias y estrechamos las manos. Tuve la sensación que si le hubiera preguntado por otra cosa me hubiera respondido con las mismas palabras. Anoté en mi cuaderno “¿Habrá muerto la Poesía de aburrimiento?”

Fuera del edifico la lluvia había cesado y los estudiantes salían al patio a fumar. Quise tomarme un descanso y me uní con los fumadores. Me acerqué a un joven que estaba solo, le pedí fuego y empezamos a hablar. Él me dijo que era italiano, que estaba  allí por una beca Erasmus Estudio y que se había enamorado de Cádiz. Le dije que cómo no se iba a enamorar de una ciudad que tiene amaneceres en su bahía y atardeceres en la Caleta, que celebra unos Carnavales que son la envidia de casi todo el país y que es una ciudad que ha sido cuna de celebres poetas y músicos. Me respondió con cierta indiferencia que él no había estado en la bahía ni había visto ninguna puesta de sol en la Caleta, que aún no conocía los Carnavales y que no sabía ni de poetas ni músicos gaditanos pero que eso sí, la Punta de San Felipe y los bares del centro eran ya su segunda casa. Me vi en la obligación de cambiar de tema y pasé la pelota a su tejado. Le dije que era lector de Pasolini y de Pavese y que me parecían dos grandes genios. Me respondió con un “Paso che?”. Al regresar al interior de la Facultad escribí junto a la última anotación “¿Habrá muerto la Poesía de incomprensión?”.

Cuanto más investigaba más difícil me era atar cabos. Cada dato que comprendía abría un abanico de posibles problemas a resolver. Necesitaba algo que iluminara el camino a seguir. Cualquier cosa que conectara los hechos recogidos y le diera lógica a este cúmulo de ideas. Si algo había sacado en claro es que no sería capaz de abarcar el asunto si no definía el propio problema. Estaba allí para descubrir qué o quién había matado a la Poesía pero hasta el momento solo podía concluir que a la Poesía la habían matado entre todos, le habían pasado un tractor por encima y luego habían alimentado a los cerdos con su cadáver.  De repente vi un cartel que sobresalía en la montaña de anuncios de la pared. El folio decía “Cambio versos por besos. También acepto efectivo”. No podía llamar a aquel individuo porque habían arrancado todas las pestañas con su número de teléfono del inferior de la hoja pero el enunciado me dio una idea: ¿Y si la Poesía estaba viva pero había sido secuestrada? Quizás estaba siendo prostituida en algún hotel de carretera perdido de la mano de Dios. Aunque esta nueva hipótesis abría aún más el abanico de interrogantes conectaba mucho de los puntos de la investigación. Los hombres que había visto en la biblioteca no eran poetas eran secuestradores que hicieron suya a la Poesía. Pero ya no estaba con ellos, alguien la tenía en su poder ahora. La pregunta era ¿quién?
Todo empezó a parecerme una conspiración. Por un lado la Academia parecía haber metido las manos en este asunto para favorecer su perspectiva ideológica; por el otro casi podría atreverme a afirmar que se había producido un mercantilización del mundo cultural que habría abatido a todo lo que representase un foco de resistencia; incluso no descartaba que la propia sociedad cansada ya de elementos intelectuales hubieran sustituidos a estos por productos consumibles. Si cualquiera posibilidad era probable no era descartable que yo fuera un blanco a eliminar por el peligro que supondría que revelase al mundo mis descubrimientos. De momento decidí fotocopiar mi cuaderno de notas y esconder la copia de mis hallazgos en alguna esquina de la Facultad con la intención de que si me quitaran del medio alguien descubriera en algún momento los documentos escondidos y los sacara a la luz. Me dirigí a la copistería lo más rápido que pude pero nunca llegué a entrar, un tumulto de personas se habían encajado en el pequeño hueco del negocio. Como no veía a nadie salir en un buen rato llegué a pensar que habían quedados atrapados por pura presión. No podía perder tiempo, no sabía si mi vida corría peligro y tenía una misión que cumplir.

Había localizado el problema y puesto cara a los agentes que participaban en él, ahora era el momento de empezar a desmontar pieza a pieza la investigación. Me llevaría años resolver el entramado de suposiciones, hipótesis erróneas, declaraciones contradictorias entre expertos… El edificio número 1 de la avenida Doctor Gómez Ulla sería a la vez mi base de operaciones y el lugar donde estaba oculta la solución del crimen. Debía adoptar una postura metódica para hallar la resolución al enigma y eso haría tras este primer día. Planifiqué mi jornada diaria de trabajo: En la mañana iría a la biblioteca a escuchar a los muertos, ellos tuvieron en su haber en algún momento a la Poesía y nadie mejor que ellos para aprender sobre ésta; al mediodía iría en búsqueda del viejo doctor para tomar lección de sus palabras; luego, en la cafetería, tomaría algo para comer y conversaría con el conserje que el primer día no me saludó pero que ahora cada vez que me ve no deja de hablarme de lo primero que le pasa por su cabeza; en la tarde iría a las salas de trabajo de la biblioteca, allí descifraría las palabras del doctor y pasaría a limpio los apuntes del día; finalmente me dirigiría a la copistería a sacar copias de todo lo hecho en la jornada y lo escondería en un lugar que no voy a desvelar en este relato.

Durante los primeros meses el día a día fue duro. Cuando llovía las goteras llevaban el agua hasta dentro del edifico y el ruido de las gotas contra el tejado simulaba una ametralladora, lo que no ayudaba a concentrarme. Además la cafetería y la copistería tenían la extraña tendencia de permanecer vacías durante todo el día menos en el momento justo que yo decidía ir a ellas, entonces se colapsaban. El doctor, cuya ayuda me era fundamental, solo atendía 2 veces a la semana y si no tenía cita libre no podía verlo. Aun así conseguí proseguir mi investigación aunque los avances fueron costosos y muy lentos. Era de gran ayuda tener el Parque Genovés en frente de la Facultad, a menudo cuando me sentía hastiado de trabajar salía a perderme entre la diversidad de árboles de los jardines. Era parada obligatoria el estanque de los patos, cada vez que iba me imagina a los animales escapando de la reducida charca y haciendo un exterminio de la población gaditana como venganza por haberlos condenado a una vida sin más sentido que el de ser observados. A menudo me sentaba en un banco y me atormentaba lo que le podría haber pasado a la Poesía ¿Estaba yo empezando a ser víctima de una desgracia ajena? ¿Hasta qué punto era realmente la desgracia ajena? ¿Me podrían bastar las herramientas y los conocimientos que se encontraban en la Facultad de Filosofía y Letras para resolver la investigación? ¿El fin de la Poesía no era acaso la mayor desgracia que le podría ocurrir al mundo? Entonces ¿no era yo la última esperanza de la Humanidad? Estos pensamientos abrumaban mi cabeza casi todos los días.  Luego solía salir por la puerta trasera y asomarme a la barandilla de piedra que daba al mar. Con la serenidad que da el olor a salitre y el ruido de las olas contra las rocas contaba las gaviotas y los barcos, contaba las estrellas si a esa hora ya hubiese salido alguna y contaba las luces que se veían a lo lejos en el arco de la Bahía de Cádiz. Me imaginaba submarinos nucleares entrando escondidos bajo el agua en la base de Rota o a los gitanos  tocar las palmas en el Puerto de Santa María o incluso, en un alarde de imaginación extrema, cientos de barcos de las Américas cargados de oro hundidos en el fondo del mar.  Muchas veces también me veía dentro de un velero surcando el océano  alejándome de España rumbo a algún país que nunca hubiese pisado un europeo, había otros días que me veía en medio de la Bahía a bordo de un barco pirata intentando asaltar la ciudad. Ya ven, la de aventuras y vidas que he vivido dentro de mi cabeza cuando me asomaba al mar desde el paseo de detrás del Parque Genovés. Era de mi agrado, si tenía tiempo y fuerza, seguir andando hasta llegar hasta la playa de la Caleta donde veía a los estudiantes españoles y extranjeros, todos ellos descamisados, beber litros de cerveza y fumar hachís entre risas y gritos.  No es que los envidiase, la vida era más fácil así o quizás así lo pienso, pero yo había optado por tomar una gran responsabilidad y no pararía hasta solucionar el caso en el que andaba metido. No era cuestión de perder el tiempo cuando el mundo agonizaba.
Un día cualquiera de un mes de primavera estaba en el patio de la Facultad fumando un cigarro cuando un anciano con una larga barba y que olía a sudor se sentó a mi lado. Me pidió un cigarro y cuando se lo di me dijo “Entré aquí para investigar un crimen y aquí sigo. Treinta años después aún no sé quién robó la imaginación a los jóvenes de entonces. Mira, tengo allí todos mis apuntes” –señaló con el dedo hacia dentro del edificio donde había un carro de la compra lleno de documentos- “Cuanto más me acerco al final del asunto me parece que más me alejo. Empecé basándome en la ideas de Marcuse pero se me quedaron antiguas y tuve que reiniciar todo mi trabajo. Ahora sigo la corriente de Žižek pero temo que si sigo tardando también tenga que volver a empezar si sus teorías dejan de estar de moda”. En cierto modo me vi reflejado en este anciano. Debía culminar mi investigación antes de ser víctima de mi propio trabajo. ¿Quién había hecho desaparecer a la Poesía? Lo descubriría en cuestión de meses, presentaría el caso ante los tribunales académicos y haría justicia. 

martes, 14 de abril de 2015

Las últimas horas de Alberto Sonora (I)

El principal problema de Alberto Sonora era su impulsividad. En el colegio le había costado llevarse más de un golpe a puño cerrado; en la universidad escogió Derecho porque por aquellos días estaba de moda la serie Ally McBeal; le pidió la mano a su novia tras un año viviendo juntos, luego le reclamó el divorcio tras dos semanas de matrimonio; nueve meses más tarde registró a su hijo a nombre de Cristiano un lunes tras un fin de semana donde hubo varios milagros que no fueron precisamente clericales; en fin, así vivía y así decidió un lunes lluvioso de abril contratar su propia muerte.

Durante meses fue de muelle en muelle, de tugurio en tugurio hasta que dio con alguien que sabía de alguien que conocía a un fulano que era amigo de uno que tenía un primo peligroso. Las primeras negociaciones rozaron lo ridículo. La apariencia de Alberto, alto, cuarentón y con un frondoso bigote, se les asemejaba a la de un policía encubierto. El primo peligroso solo aceptó el encargo cuando el letrado Sonora les contó su historia, que era básicamente la de un hombre  de mediana edad, un fracasado por méritos propios,  un padre que llevaba sin ver a su hijo más de 5 años porque éste también le consideraba un perfecto modelo de fracaso. Al primo peligroso le pareció una historia tan tipicamente vulgar, tan de día a día, que pensó que ningún policía se jugaría el cuello llegando allí con una coartada tan sumamente mediocre. Ambos conversaron bajo la luz de una bombilla desnuda en un cuarto oscuro y vacío que estaba ubicado en la parte de atrás de un sucio burdel. Acordaron lo siguiente: 6000 € en metálico por parte de Alberto Sonora y una muerte sin dolor en algún momento del próximo fin de semana. No habría vuelta atrás, esa noche el primo peligroso del algún amigo de fulano desaparecería y no sería posible encontrarlo, no solo por no saber donde buscarlo sino por la gran cantidad de mediadores que habían intervenido en ese encuentro. Ambos se dieron un fuerte apretón de manos dando por cerrado el acuerdo. Sonora pagó y el primo peligroso sonrío como solo saben hacerlo aquellos que pertenecen al hampa.


A pesar de la pavorosa impulsividad de nuestro protagonista éste era una persona sumamente metódica en su día a día. Era verdad que llegado el momento de decidir algo elegía por impulsos, pero en su vida cotidiana era sumamente ordenado. Por ejemplo, los lunes y miércoles al salir del despacho volvía por la Palmera para poder pasear por los Jardines de María Luisa, lo que venía a ser un camino mucho más largo para llegar a su apartamento; o los viernes iba siempre al cine de la Alameda a la sesión de las 10. Todos los días compraba el pan antes de ir a trabajar y todos los lunes echaba el euromillón para los jugar el martes y el viernes, y por supuesto, siempre los mismo números -2, 5, 13, 19, 25 y las estrellas 1 y 2-. Esta era una de sus costumbres semanales pero obviamente no eran las únicas. Además de éstas tenía otras manías cotidianas como era lavarse las manos después tocar cualquier cosa; cerrar una puerta con llave, irse y volver poco después a comprobar si estaba bien cerrada o bien preguntar la misma cosa dos veces.

El acuerdo se cerró un miércoles de madrugada, el jueves en el despacho se pidió el viernes libre y por la tarde gastó los últimos euros que le quedaban en comprar una copiosa cena y alguna cosa por si día elegido por el “verdugo” era el domingo –no era plan de pasar hambre el último fin de semana-. El despertar del viernes fue tranquilo, como si la paz que siempre había anhelado le hubiera llegado por fin. Desayunó y tras ello se dio una larga ducha, hasta tal punto que la bombona se agotó y el agua irremediablemente empezó a salir fría. Se tiró desnudo sobre el sofá y miró la estantería del salón, solo había fotos suyas donde posaba con amigos, que nunca repetían entre marco y marco,  y figuritas horteras de decoración de tienda china –uno de sus clientes era asiático,  regentaba una tienda “todo a 1 €” y solía regalarle adornos baratos cada vez que iba a hacer una consulta al despacho-. Pensó que su vida estaba vacía y la tranquilidad y paz con la había amanecido se fueron por el mismo lugar que habían venido. En un ataque de impulsividad llamó a su hijo, llevaban tres meses sin hablar,  y la llamada acabó en un monótono “deje su mensaje”. El móvil último-modelo-versión-china se rompió en varios pedazos al chocar contra el suelo tras caer del quinto piso. Fuera de control y en pleno ataque de ira cogió el teléfono fijo que estaba anclado en la pared. Solo conocía un número de memoria y lo tecleó. La relación con su exmujer siempre había tenido picos altos y bajos y en estos momentos pasaban con un pico tan bajo que de haber sido una muestra en una gráfica ésta se saldría de los márgenes. Tras su divorcio se veían a veces, cuando al letrado Sonora le apetecía, unas veces para tener sexo y otras veces con la excusa de ir a ver a su hijo también para tener sexo. Con el paso de los años el número de visitas bajó hasta ser casi ninguna y su exmujer terminó casándose con otro abogado 4 meses atrás. Ella respondió ¿Sí? y él antes de colgar dijo Puta.

El almuerzo consistió en una serie de platos congelados que había comprado el día anterior. Al terminar de comer se fijó que el fregadero estaba ya lleno de platos y cubiertos a lavar, lo que no le importó a sabiendas que de que no le quedaban muchas más comidas en el apartamento. Encendió la tele y se tumbó en el sofá. La película que estaba emitiéndose en aquel momento trataba sobre un perro que se había perdido de sus dueños en un viaje en coche entre Boston y Nueva Jersey. El can, que era el protagonista de la película, podía hablar con otros animales siendo aquel idioma ininteligible para las personas. Tal curioso argumento provocó una somnolienta sensación que acabó en una profunda y tranquila siesta hasta que en algún momento de la tarde se escuchó un Pepe cabrón. Alberto Sonora se alzó del sofá pensando que ya su final había llegado, miró aturdido hacía todos lados pero no vio a nadie. En el salón se volvió a escuchar Pepe cabrón, tu madre la calva. Detrás de las cortinas, apoyado en la ventana, el letrado Sonora vio a un enemigo que pensaba que no iba a volver a ver nunca más.

En el 4º A vivía la señora Dolores, fiel esposa y madre ejemplar, la cual tenía de marido a Don Jose María Cubiertas, putero y adicto al polvo blanco. Un día la susodicha Dolores cogió en su misma cama a su esposo y alguna pilingui de turno y aquello fue una tragedia. Para aliviar las penas de la ahora divorciada Dolores su hija, por entonces residente MIR en el Virgen del Rocío, le regaló un simpático loro verde. Al principio la señora madre rechazó sustituir a un hombre por un bicho emplumado pero al pasar las semanas en su compañía ya no le parecía tan mala idea. Le divertía contarle sus penas al animal y un día, después de varios meses de convivencia, el loro le obsequió a Dolores un Pepe cabrón, lo que significó instantáneamente amor eterno entre la mujer y el ave y un replanteamiento de la forma de hablar de Dolores, que siempre había pensado que era muy medida a la hora se usar palabras malsonantes. La enemistad entre Chuchi, así había sido bautizado el loro, y el letrado Sonora se inició cuando Dolores cogió como costumbre poner cada tarde la jaula en la ventana del dormitorio, que estaba exactamente debajo del de su vecino del 5ªA. Como la siesta de Alberto Sonora era sagrada aquello trajo una serie de disputas ya que Chuchi era un extraordinario loro parlante cuya voz era estruendosa. La primera parte de éstas fueron verbales, el 4ºA defendía su soberanía territorial y alegaba que era la única ventana con suficiente espacio exterior para colocar la jaula. La segunda parte de la contienda, y visto que las partes no llegaban a un acuerdo, fue bélica. El letrado lanzaba objetos hacia la ventana con el fin de tumbar la jaula o romperla –con la idea de liberar o aplastar al loro-. Entre los objetos lanzados había de todo: cajas de zapatos, cajas de pizza, cubiertos, un viejo fax de la oficina… incluso un día el abogado ató una bota a una cuerda y se dedicó a golpearla durante una hora pero la jaula era una buena jaula y viéndolas venir la señora Dolores había preparado un anclaje en la base lo que impedía el movimiento de la construcción metálica. Como contraataque el 4ºA lanzaba las defecaciones de Chuchi hacia las ventanas del piso de arriba. La señora Dolores se hizo francotiradora nata de cuchara cargada de excrementos.  La guerra era cíclica y anual, cuando ya parecía que todo iba a tener un final trágico para alguna de las partes, los meses de frío y agua hacían que Dolores no pudiera colocar la jaula en el exterior y la tensión se reducía a cero hasta que volvía la primavera.

El letrado Sonora corrió lentamente las cortinas y allí estaba Chuchi, con su plumaje verde y su habitual contoneo provocativo. Se miraron fijamente a los ojos, enemigo a enemigo, frente a frente, el silencio y la tensión se palpaban en el ambiente. En un momento dado el loro clamó Pepe putero cabrón y el abogado del susto cayó hacia atrás y fue dar con su trasero contra el frío, duro y humillante suelo. Ese instante fue el elegido por el animal para batir sus alas y sobrevolar el salón del 5ºA hasta posarse en un busto de la Virgen de la Macarena hecho de escayola. Lo que sucedió a continuación de haber quedado constancia para los historiadores podría haber pasado a los anales de la historia como el equivalente doméstico de  la batalla de Waterloo. Alberto Sonora lleno de ira y rabia por haber sido humillado por un animal que no superaba los 40 centímetros de altura se levantó de suelo, pensó que en un combate cuerpo a cuerpo podría ser arriesgado ya que el pico del enemigo tenía pinta de ser un buen arma blanca y que, una vez muerto, todo lo que había en el salón no tendría valor, así que tras esa idea todo los objetos se transformaron en munición. El proceso  de Kafka munición, el mando a distancia munición, el televisor LCD 16 pulgadas munición, las cuatro sillas de la mesa munición. Pero por más que lanzaba objetos no conseguía alcanzar a Chuchi que cuando veía venir algo se ponía a volar por el salón hasta que recuperaba su puesto inicial en el busto de la Virgen del Rocío y exclamaba Pepe cabrón. Exhausto por el sobreesfuerzo de coger en peso medio mobiliario del salón solo vio una salida posible, se santiguó y se lanzó contra el pájaro que se alzó en vuelo. En ese instante Alberto Sonora, católico poco practicante pero muy capillita, cogió el busto hecho de escayola de la Virgen de la Macarena y de un certero golpe tumbo a Chuchi. Lo que aconteció después fue una sucesión de golpes de escayola contra un animal tumbado que hasta su último suspiro gritó ¡Pepe putero cabrón!. El letrado Sonora ató una cuerda alrededor del cuello de su enemigo, apretó tan fuerte que los ojos estaban a punto de sobrepasar sus cuencas y la lengua le sobresalía del pico, y lo colgó  de la ventana de su dormitorio. Que el mundo entero contemple mi victoria pensó.


CONTINUARÁ...

lunes, 27 de octubre de 2014

Una temporada en el infierno (versión andaluza)

La vida es una gran broma. Una historia diacrónica de fracasos y decepciones que son interrumpidos cada cierto tiempo por instantes de fugaz felicidad. La felicidad es una estafa. Respiramos durante un tiempo finito, trabajamos según lo que establezca la sociedad de turno, procreamos en nombre de lo que llamamos amor y que no deja de ser un burdo engaño de la naturaleza para romper nuestro egoísmo innato. Egoísmo innato. Y al final un día tu cuerpo dice hasta aquí hemos llegado, y tu nombre pasa a ser un recuerdo en boca de tus conocidos. Por lo tanto hasta tu recuerdo tiene fecha de caducidad. Y si eso es así ¿qué sentido tiene amasar una fortuna? ¿o construir un mausoleo familiar? ¿o dejar testamento? La vida es un suspiro. El otro día escuché a un payaso que actuaba en un programa infantil de la televisión hacer una pregunta a sus pueriles espectadores ¿Qué se debe hacer para llegar a los 100 años? Su respuesta fue cuidarse mucho a los 99.

A los 27 me propuse matarme viviendo. Si entendemos la muerte como la pena capital por haber vivido no me parecía tan descabellado querer irme al otro barrio pensando que me había merecido tal condena. No es que la vida me tratara mal, había tenido puntos negros como aquel accidente de tráfico que me dejó sin padres y a mí con una evidente cojera. Me crié con mi abuela, en el ámbito económico el patrimonio familiar y la pensión que me quedó siempre me han permitido llegar a fin de mes sin problemas. Estudié en un buen colegio y me licencié en Derecho con un expediente más que digno. Pero me había cansado de vivir. Me veía como parte de un engranaje que pertenecía a una maquinaria, a una monstruosa maquinaria, que ni entendía ni quería entender. Me di a las noches que se juntaban con los días y que se volvían a transformar en noche así hasta perder la cuenta de las lunas que había pasado fuera de mi casa. Probé todo lo que se podía probar, abusé de todos los excesos que pude comprar y me iba a la cama con la primera que se dejara querer. Llegué a los 31 sin más perjuicio por parte de la vida que unas pocas canas y algo menos de peso. Todo me empezó a aburrir. Entonces comencé a cruzar las calles sin mirar, a lo Mario Santiago -pero con más fortuna que él porque a mí nunca me atropelló ningún coche-, provoqué y  participé en todo tipo de trifulcas de bares siendo la más memorable aquella en la que, a las 6 de la mañana y tomando una cerveza en el Trini, rompí sin venir a cuento mi bastón –recuerden, padezco una cojera- sobre la espalda de un borracho que llevaba una camiseta del Betis. No sufrí un solo rasguño.

A los 33 conseguí provocarme un coma etílico agravado por algún que otro gramo de speed. Por entonces ya llevaba un año viviendo solo en el piso de la plaza del Duque, mi abuela había fallecido la primavera pasada. A su entierro, me contaron, no fue casi nadie, por no ir no fui ni yo que llevaba desaparecido una semana y me enteré de la noticia al llegar a casa. Cuando me contaron que habían dado sepultura a la que había sido mi madre desde los 6 años me limité a tirarme en la cama y echarme a dormir, llevaba más de cuatro días sin cerrar los ojos. En los últimos meses me había empezado a juntar con la flor y nata de las artes y letras sevillanas, o eso decían ellos. Si no eran tanto por lo menos eran los que hacían bandera del humanismo más radical en la zona de bares de la Alameda de Hércules. Había de todo: actoruchos de tarde de domingo, poetas cierras bares, literatos de tres al cuarto e incluso algún clown revenido. No es que no fueran buenos, es que no estaban en el lugar adecuado y seguramente tampoco en el tiempo más idóneo. Si debo destacar a alguno de ellos me quedaría con Emilio. Emilio estaría dentro de la clasificación de poetas cierra bares, era un tipo bajito y regordete, olía de manera peculiar, no mal, peculiar, y tenía una calva diametralmente contraria a la barba de náufrago que lucía. Iba siempre escribiendo en su pequeña libreta marrón y cuando bebía se dedicaba a pintar con frases las paredes. Era un filósofo a su manera, pero sobre todo era un gran pensador de barra de bar. Un día le confesé mi historia, él se calló, me miró y se empezó a descojonar –buen chiste- me dijo. Aquello debió ser unos meses antes de que encontraran su cuerpo flotando en el Guadalquivir. La versión de la familia era que, con alguna copa de más, se había lanzado al río a nadar para hacer la gracia con unos amigos. Emilio murió como vivió, con descaro y sin respeto, todos nosotros sabíamos que se había lanzado desde el Alamillo una noche de frío helado de diciembre.

A los 35 entré de lleno en una depresión. El mundo que me había tocado vivir era de plástico, todo artificial. Todas las caras eran la misma, todas las palabras eran mentira, todo acto era interesado, todo destino había sido manipulado. Acudí a un especialista –sí, a un psiquiatra-, me hinché de Prozack y otras mierdas y dejé el alcohol y otros vicios. Como consecuencia de dejar la mala vida empecé una relación con una chica poco menor que yo. Pero todo me daba igual.

Quiso la vida que el día que dejé éste mundo fuera irónicamente un 14 de abril. Una de las cosas que siempre había temido del día de mi muerte era mi cadáver. La impotencia de lo que sucediera con mi cuerpo una vez que yo no pudiera defenderlo. Podría haber sido un festín para las ratas en el caso de que muriese y nadie se diese cuenta hasta meses después de mi desaparición; podría estar en la morgue y que algún trabajador pervertido cumpliera sus deseos más oscuros con mi cuerpo; o bien podría simplemente ser lanzado a una fosa común si nadie reclamaba mi desdichado cadáver. Así que se lo puse fácil a la humanidad: llené de velas el baño del servicio del piso, abrí el gas y me tragué de golpe todo un bote de Valiums.. Y sí, sé lo que piensan, nunca me cayeron bien mis vecinos.

La verdad es que me he parado a hablar contigo porque, a pesar de estar rodeados de llamas que abrasan pero no queman, no hay manera de encontrar alguien que me encienda el pitillo en el jodido averno y con esto de estar encerrados aquí me temo que no encontraré nunca un mechero ¿no tendrás uno no?


viernes, 18 de julio de 2014

El creativo y la muchacha

[...]
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla
[...]
          Tu risa (Pablo Neruda)



Frente al jergón había dejado un cenicero a rebosar de chustas y cigarros a medio fumar, junto a éste había dos botellas de vodka ya vacías y una media llena y abierta tumbada en el suelo. Tenía la espalda pegada a la pared y la mirada perdida en el infinito que se vislumbraba por la ventana del estudio. Debía estar amaneciendo, o eso parecía por el griterío de los pájaros. Era el cuarto día consecutivo sin dormir intentando terminar su trabajo. Encendió otro cigarro.

El encargo que le había llegado hace unos días era sin duda el más difícil de su carrera como creativo. No sabía para qué era el texto ni donde sería publicado o a qué sería aplicado. La voz del teléfono solo dijo "Necesitamos que describas la situación de una chica perdida en el infinito provocado por dos espejos se reflejan mutuamente". Primero pensó en que estaban buscando algo para promocionar cualquier cosa del tipo Alicia en el país de las Maravillas, luego se le pasó por la cabeza que quizás fuera para una campaña contra la drogadicción. Cada idea terminaba siendo descartada al poco tiempo por no parecerle suficientemente lógica. Así que el creativo decidió empezar a escribir una historia sin ningún trasfondo más que el de la propia literatura... y encendió otro cigarro (por supuesto).

Abrió los ojos y estaba en medio de un infinito de nada, era todo oscuridad y silencio. Se miró para comprobar que la caída no le había hecho ningún destrozo (solo recordaba haber cerrado los ojos en algún momento de la noche y empezar a caer por una especie de garganta oscura y gigantesca que le pareció eterna). Tras un tiempo indeterminado (y eternizado) aterrizó en una montaña de paja que estaba colocada en medio de la nada y que amortiguó la caída. Al verse sola en medio del vacío se asustó y se puso a llorar. Nadie contestó a esos sollozos.

La cafetera eléctrica estaba pitando, hora de renovar energías. Abrió el frigorífico y lo vio tal y como lo recordaba cuatro horas antes: vacío. Se preparó una taza de café doble, cogió las últimas galletas que quedaban,y que estaban reblandecidas por la humedad, y volvió a la mesa del estudio. Echó un vistazo por la ventana, ya no sabía que hora era.

Anduvo durante un tiempo indeterminado (su reloj ya no le servía de referencia, desde la caída parecía haber enloquecida, iba para adelante e iba para atrás sin ningún sentido aparente) por los páramos del infinito hasta que encontró tomando el sol (inexistente) a una tortuga de un tamaño gigantesto. Ambas se quedaron mirando fijamente, la mirada de una era de curiosidad y la mirada de  la otra de terror.

- Venga niña, deja mirar y túmbate a mi lado, hoy hace un sol espléndido.
- Las tortugas no hablan.
-Es afirmación carece de base empírica, si las tortugas no hablasen yo no la hablaría. ¿No crees? Según tu razonamiento ahora deberías decir que las tortugas sí hablan, pero sería una tontería generalizar, que yo hable no significa que todas las tortugas del mundo hablen ¡qué idiotez! Te imaginas a una Acanthochelys macrocephala cuchicheando... ¿para qué? si esas no tienen nunca nada que decir, aunque una vez conocí a una, uff, qué maruja, era la más cotilla del lugar.

El tiempo pasó, porque el tiempo pasa, aunque en donde estaban ya no había manera humana de medirlo, si es que acaso existe algún tipo de medición precisa para el tiempo, qué más daba que hubieran pasado dos horas que dos meses que dos siglos. Las dos se hicieron buenas amigas durante la indeterminada estancia de la niña allí. Llegado un momento dado la chica hizo las preguntas que llevaba atrapadas dentro.

- ¿Qué es este mundo tan extraño y tan oscuro?
- ¿Extraño? No conozco más mundo que éste ¡extraño será el tuyo! ¿y porqué lo llamas oscuro? El sol es placentero y no habrás visto mejores bosques ni mares en ningún lado.
- Pero yo solo veo oscuridad.
- ¡Abre los ojos!

Se miró al espejo y pensó que llevaba sin afeitarse demasiados días. Había perdido peso y descuidado la limpieza, incluso el baño estaba lleno de colillas -Vida de bohemio- dijo pero en realidad las palabras  que pasaban por su cabeza eran -Qué asco- . Hizo más café pero el cansancio empezaba a pesarle demasiado.

Ante la negación de la tortuga de moverse de sitio la niña decidió seguir caminando. En medio de la oscuridad vio volar a varias gaviotas y pensó que de estar acercardose a algún sitio se estaría acercando al mar. Pasó un rato y a lo lejos contempló lo que parecía un barco. De repente escuchó voces detrás suya. Eran dos piratas, uno con una pata de madera y el otro con un parche y un loro en el hombro.

- ¿Qué tehémos aquí? Carne fresca pá la tripulación

La niña tembló al ver sacar los sables y dirigirse hacia ella a los feroces y tullidos piratas. De repente, y ante el estupor general, apareció un tipo escuálido con una taza de café en la mano.

- Uy, la última vez que atravesé la puerta de la cocina no vine a parar aquí. ¡Anda! si vosotros sois los piratas, os imaginaba en mi cabeza bastantes más pequeños... y tú eres ella, a ti te pensaba mucho más niña.
- ¿Da onde a salió el imbécil éste? Lo amo a pasá en grande en el barco con éste como diana de los cuchillos.
- No no, no os hagáis ilusiones, ahora debe aparecer un perro enorme que salvará a la niña, bueno, a la joven - todo el mundo se quedó quieto y esperando algo- Umm, quizás nunca llegué a escribir esa parte de la historia.

El pirata de la pata de palo y de habilidad lingüística nula lanzó la primera estocada pero el creativo no tuvo problema para esquivar. La segunda casi le da de lleno en el pecho. El contraataque fue lanzar el café ardiendo a la cara del  pirata que se puso a llorar como un crío. Mientras, el tuerto del loro en el hombro había intentado agarrar a la joven y en la disputa habían acabado los dos en el suelo. Ella había conseguido huir pero de repente de la nada surgió un acantilado y se vio entre el abismo y el sable.

- ¡Vete volando! -Gritó el creativo
- Me voy a matar - sollozó la joven
- Confía en mí y salta. Esta es nuestra historia.

La situación era la siguiente: la nada se había tragado a la muchacha, los furibundos piratas alzaban los sables contra el creativo y el creativo se había quedado sin café. El momento se volvió cómico, los tres empezaron a perseguirse dando vueltas en circulo alrededor de un árbol hasta que cayeron exhaustos. El creativo sacó una cajetilla de cigarros y le ofreció a los piratas que sin aire en los pulmones asintieron con la cabeza y cogieron un par. Luego se pusieron a discutir sobre el último mundial de fútbol, los piratas opinaban de que lo debería haber ganado algún equipo caribeño y el creativo se oponía a esa posibilidad por imaginársela absurda. Una vez recuperados siguieron persiguiéndose.

Acorralado y viéndose acabado el creativo pidió unas últimas palabras. Los piratas se miraron y dijeron que por qué no. El creativo comprendió todo, sonrió y empezaron a surgir los colores, la joven apareció volando y la nada se hizo un bosque soleado que daba al mar. Sus últimas palabras fueron "Nos vemos cabrones" y salió volando junto a la muchacha. Los piratas levantaron los sables y empezaron a blasfemar, nunca mejor dicho, contra el cielo.

- ¿Y ahora qué? - preguntó él.
- El barco pirata sigue en la bahía y la tripulación en tierra. Siempre he querido ser una pirata...





miércoles, 2 de julio de 2014

El escritor que escribía sobre un escritor que a su vez era escrito por otro


Can I see another's woe,
And not be in sorrow too?
Can I see another's grief,
And not seek for kind relief?
                    William Blake



El escritor dejó su cigarro sobre el cenicero, miró el reloj de la pared y pensó que para ser las tres de la madrugada hacía demasiado calor. Buscó con la mirada el viejo ventilador metálico, el mismo que llevaba un año sin funcionar, lo localizó en una esquina de la sala. Se levantó y pulsó el botón de encendido, no se encendió nada. Era de esperar. Aprovechando que había dejado su silla fue a por agua fría a la nevera y al volver encendió su transmisor vintage.

La noche salió a bailar con su traje negro azabache,
tan gitana como era no dejó baldosa sin taconear.
A veces me sorprendo a mí mismo mirando el mar,
otras veces me veo sumergido dentro de sus aguas.

Llevaba toda la tarde, y lo que ya había pasado de noche, escribiendo un relato sobre un escritor que escribía una historia pero se quedaba sin inspiración a mitad de ella y se ponía a dar vueltas por su pequeño apartamento como esperando que un rayo de inspiración le marcara el camino. El escritor se imaginaba a su escritor como un escritor se puede imaginar a un escritor, es decir, una suerte de escritor escrito por un escritor previamente escrito por otro escritor que quizás se escribe así mismo pero que seguramente no fuera más que otro elemento escrito por alguna gracia divina o por el azar o algún universo que se extiende y se contrae.

Ella se perdía entre los trenes que no llegaban
y yo la veía pasar y allí no pasaba nunca nada.
Una noche no hubo más olas que las sábanas
que nos dieron cobijo del hambre y de las ratas.

Se asomó a la ventana y vio a la ciudad dormir placidamente bajo su cielo negro cáncer, sobre su asfalto negro cáncer, iluminadas por aquellas luces de farolas cuyas proyecciones provocaban sombras oscuras como el cáncer. Le hubiera encantado lanzar el ventilador contra la carretera y provocar un minuto de caos metálico en el orden de la madrugada, despertar a los vecinos, ver las esquirlas de lo que antes era un aparato eléctrico volar contra los coches aparcados. En definitiva, hacer algo inesperado, provocar un cambio en Matrix.

Si supiera ella la de besos que le debo a su boca
porque llené de besos a otras pensando que eran ella.
Toda una vida buscando lo que no sabía que buscaba
¿Dónde ha estado cuando mi nave naufragaba?

Mientras, en otro lugar, el escritor que escribía sobre otro escritor y que, por lo tanto era escrito previamente por un escritor, escribía sobre el piso de este escritor, me refiero al escritor sobre el que escribía y no al escritor que le escribe. En ese momento se sintió sin inspiración y se levantó, buscó el viejo ventilador metálico y probó a encenderlo pero no funcionaba. Divagó entonces apoyado en la ventana, no sin previamente encender su transistor vintage, y fue a la cocina, allí encontró una cucaracha que curioseaba bajo la mesa. No tuvo piedad, dejó el cadáver allí para que sirviera de aviso a su raza. Llamaron a la puerta.

La noche nos cubrió con su velo negro obscuro
Ella hablaba del futuro, yo de barcos en el mar.
Los dedos de mis manos eran caballos cuatralbos
que se perdían en su cabeza y en su larga melena.

Al otro lado de la puerta estaba otra vez Él. El escritor intentó disimular su cara de asco tan bien como pudo pero apenas consiguió una mueca que le hizo parecer algún animal simiesco. Él, como si estuviera en su casa, se sentó en el sofá, puso sus zapatos sobre la mesita y le hizo la pregunta que le hacía siempre "¿Qué Bob? ¿todavía escribiendo? A ver como pagas este mes las facturas". No podía faltar la respuesta que siempre daba desde la primera vez que le hizo esa pregunta "No me llamo Bob".

Y si la luz quiebra el día que no haya razones para pedir perdón.
Y si te falta algo que buscas piensa en que mañana todo será mejor.

El viejo estaba como siempre, con un traje inmaculado y negro, seguramente italiano, y con los botines lustrosos sobre la mesa. En la última visita el escritor probó a clavarle un cuchillo de cocina en la garganta, lo único que consiguió es que siguiera hablando pero con una voz mucho más gutural e ininteligible. En días previos había probado con otros métodos: lanzarlo por la ventana, asfixiarlo con una bolsa de plástico o incluso tirarle aceite hirviendo... pero nunca se callaba. Si os preguntáis porque el escritor dejaba pasar a tal molesta compañía la respuesta era sencilla, lo que hiciera o dejara de hacer daba igual, si lo dejaba fuera aparecía dentro y si lo dejaba pasar simplemente pasaba.

Me pierdo en sus ojos y caigo en la cuenta
que para morir de pie hay que sangrar en la arena.
Escondernos en palabras que no son nada,
dibujarnos con las manos y pintarnos con saliva.

Mientras, en el otro lugar que no es el otro lugar de antes ni es éste, el escritor que escribía sobre  un escritor y que a su vez era escrito por un escritor previamente escrito, se enfrentaba al el Tiempo con toda la paciencia que puede tener un hombre. "Hey Bob, he leído lo último que escribiste, me parece bueno la verdad, pero seamos sinceros, el relato necesita cambios. Veamos, si en la historia no hay una mujer explícame tú como vas a enganchar al público, sobre todo al femenino. Por otra parte yo, si fuera tú, haría que el escritor fuese realmente un espía, un espía-escritor, pero no solo eso, sería un agente doble ¡eso! ¡un agente doble!. Por lo tanto, siempre llevará encima un revolver que no dudará en usar. También añadía un archienemigo, podría ser un antiguo miembro de la KGB o de la CIA, o quizás de la Gestapo... y todos buscan el Santo Grial o un rollo de esos que se buscan siempre".

Cada noche me acerco a sus oído y siendo objetivo
le describo sus infinitas virtudes y ella, tan pequeña,
hace como si las escuchara por primera vez,
y no me canso de decirle verdades a la cara.

El escritor se había echado un vaso de bourbon y había tomado asiento de espaldas a Él. En algún momento del monólogo se escuchó "Porque Bob, yo no es que sea escritor, más bien soy un lector empedernido, lo que pienso es que deberías dejarte de tonterías y buscarte un trabajo serio. Eso o prueba a escribir sobre vampiros adolescentes o cosas así". El escritor lo miró, apagó el transistor vintage, se acercó a la ventana y se lanzó por ella. Lo último que se escuchó fue "¡Bob! ¡Que te escriben!".








miércoles, 25 de junio de 2014

La tormenta de arena



I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love-
I and my Annabel Lee;
With a love that the winged seraphs of heaven
Coveted her and me.

                                      E.A. Poe



Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana".  Eran tiempos confusos, uno no sabía muy bien bajo que cielo estaba ni que suelo pisaba. Mi escritorio estaba lleno de folios escritos, viva imagen de un quiero y no puedo, el día tiene veinticuatro horas y, aunque el sueño se lleve una porción mínima, no podía escribir con tinta y carne al mismo tiempo. Mi guitarra, silenciosa compañera, vigilaba todo lo que sucedía entre las cuatro paredes de mi cuarto y a ratos parecía suspirar como pensando que estaba haciendo algo mal.

Fuera de mi habitación se libraba una guerra, me pareció entender una vez que los bandos eran, por un lado, el Mundo, y por el otro lado el Tiempo. No puedo afirmar tal extremo, nunca vi ningún soldado ni  de uno ni del otro lado, pero cada noche en la lejanía escuchaba los cañones y los lamentos de las familias que habían perdido a algún miembro. La contienda bélica no me asustaba en absoluto, mi refugio eran las cuatro paredes de mi habitación y aquí el Mundo no tenía influencia y el Tiempo, el bando más temido, tampoco tenía poder.

Eran tiempos confusos, sin duda. El calendario se desangraba a una velocidad extraña, me pareció que mi estancia se había alargado en aquel sitio durante años pero no fue tanto, fue suficiente, si acaso estas palabras son prueba de ello. El desierto y la nada rodeaban la casa donde vivía. Un día podía hacer un calor asfixiante y al otro un frío invernal, incluso combinarse. Podría definir aquel lugar como ridículo: su gente era ridícula, sus formas de mirar ridículas como ridículos eran sus andares, sus comidas locales ridículas, incluso todo lo que era foráneo y llegaba allí también era ridículo, yo era ridículo, hasta ella era ridícula. No recuerdo el nombre de la ciudad, ya llevo tantas en la espalda que se me mezclan en un torbellino de recuerdos... ridículos.

Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana". Y ella se iba. Yo me quedaba mirando el sol con mirada agresiva pero no podía hacer más que odiarlo por ser jinete del Tiempo. Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana". Ella decía que se iba pero no se iba, ella sonreía y yo también, y nos fundíamos en un abrazo. Había días que el sol entraba tímidamente por el balcón como una mariposa abriendo sus alas, se posaba en ella y le susurraba "Despierta, ya llegó la mañana". Y el que se tenía que ir era yo.

Las tardes en el tedio de la rutina de aquella ciudad eran simples, se basaban en vaciar trago a trago una botella de bourbon, escribir y sonar una guitarra. Los gatos venían a verme por si les dedicaba alguna canción. Cada día les explicaba que en la vida nada era gratis, que quien quisiera escuchar una canción de mi boca tenía que pagar el módico precio de un beso por tema. Ha llovido desde entonces, ya no canto en privado ni aún por ofertas más generosas. He perdido las ganas de usar la música a mi favor, olvido mis letras y ya casi ninguna boca me interesa. C'est la vie.

Aquel año, a mediados de septiembre, una tormenta de arena se desató y cerré la puerta de mi habitación. Coincidió que ella había venido a verme con alguna excusa que no terminé de creerme. Quedamos encerrados allí durante un mes. Hablábamos sobre todo lo que sirve para nada y es lo más importante del mundo, la literatura; hablábamos sobre las tendencias musicales, ella era más moderna y yo más clásico; hablábamos sobre relaciones, ella era la reina de las contradicciones. Sobre ésto terminé pensando que ni ella acababa de estar convencida de sus palabras, pero que le iba a decir yo, si soy una contradicción que respira y, además, me encantaba escucharla. Me hubiera gustado utilizar su cuerpo como papel en blanco y escribir en él todo lo que me fuera pasando por la cabeza pero nunca llegué a proponerla ser un poema andante, para mí todo se acaba después del primer "no" y no quería jugármela. 

Los últimos días de la tormenta fueron los más salvajes. A cada golpe que escuchaba ella se asustaba y miraba hacia la ventana o hacia la puerta como esperando ver entrar a alguien, pero no había nadie, nunca había nadie, cómo ya os dije mi habitación era un refugio. Nunca hubo más paz dentro de cuatro paredes ni más horror fuera de ellas, pero allí estábamos nosotros, en pleno ojo del huracán y sin enterarnos de nada. Un día la arena dejó de volar y volvió al suelo.

Hace varios años de aquellos días. La tormenta cambió muchas cosas que pensaba fijas y estáticas en su sitio pero no sabría deciros que vino en los días siguientes. Solo recuerdo que la guerra llegó hasta donde estábamos, que ella abandono aquellas tierras antes que yo y que un día el pálido jamelgo vino a buscarme otra vez para decirme "Es hora de volver a cambiar de ciudad".  Yo lo monté con la mirada fija en Madrid, pero Madrid estaba tan lejos y los caminos siempre se torcían antes de llegar a la capital. El trayecto iba a ser largo, largo, largo...