miércoles, 2 de julio de 2014

El escritor que escribía sobre un escritor que a su vez era escrito por otro


Can I see another's woe,
And not be in sorrow too?
Can I see another's grief,
And not seek for kind relief?
                    William Blake



El escritor dejó su cigarro sobre el cenicero, miró el reloj de la pared y pensó que para ser las tres de la madrugada hacía demasiado calor. Buscó con la mirada el viejo ventilador metálico, el mismo que llevaba un año sin funcionar, lo localizó en una esquina de la sala. Se levantó y pulsó el botón de encendido, no se encendió nada. Era de esperar. Aprovechando que había dejado su silla fue a por agua fría a la nevera y al volver encendió su transmisor vintage.

La noche salió a bailar con su traje negro azabache,
tan gitana como era no dejó baldosa sin taconear.
A veces me sorprendo a mí mismo mirando el mar,
otras veces me veo sumergido dentro de sus aguas.

Llevaba toda la tarde, y lo que ya había pasado de noche, escribiendo un relato sobre un escritor que escribía una historia pero se quedaba sin inspiración a mitad de ella y se ponía a dar vueltas por su pequeño apartamento como esperando que un rayo de inspiración le marcara el camino. El escritor se imaginaba a su escritor como un escritor se puede imaginar a un escritor, es decir, una suerte de escritor escrito por un escritor previamente escrito por otro escritor que quizás se escribe así mismo pero que seguramente no fuera más que otro elemento escrito por alguna gracia divina o por el azar o algún universo que se extiende y se contrae.

Ella se perdía entre los trenes que no llegaban
y yo la veía pasar y allí no pasaba nunca nada.
Una noche no hubo más olas que las sábanas
que nos dieron cobijo del hambre y de las ratas.

Se asomó a la ventana y vio a la ciudad dormir placidamente bajo su cielo negro cáncer, sobre su asfalto negro cáncer, iluminadas por aquellas luces de farolas cuyas proyecciones provocaban sombras oscuras como el cáncer. Le hubiera encantado lanzar el ventilador contra la carretera y provocar un minuto de caos metálico en el orden de la madrugada, despertar a los vecinos, ver las esquirlas de lo que antes era un aparato eléctrico volar contra los coches aparcados. En definitiva, hacer algo inesperado, provocar un cambio en Matrix.

Si supiera ella la de besos que le debo a su boca
porque llené de besos a otras pensando que eran ella.
Toda una vida buscando lo que no sabía que buscaba
¿Dónde ha estado cuando mi nave naufragaba?

Mientras, en otro lugar, el escritor que escribía sobre otro escritor y que, por lo tanto era escrito previamente por un escritor, escribía sobre el piso de este escritor, me refiero al escritor sobre el que escribía y no al escritor que le escribe. En ese momento se sintió sin inspiración y se levantó, buscó el viejo ventilador metálico y probó a encenderlo pero no funcionaba. Divagó entonces apoyado en la ventana, no sin previamente encender su transistor vintage, y fue a la cocina, allí encontró una cucaracha que curioseaba bajo la mesa. No tuvo piedad, dejó el cadáver allí para que sirviera de aviso a su raza. Llamaron a la puerta.

La noche nos cubrió con su velo negro obscuro
Ella hablaba del futuro, yo de barcos en el mar.
Los dedos de mis manos eran caballos cuatralbos
que se perdían en su cabeza y en su larga melena.

Al otro lado de la puerta estaba otra vez Él. El escritor intentó disimular su cara de asco tan bien como pudo pero apenas consiguió una mueca que le hizo parecer algún animal simiesco. Él, como si estuviera en su casa, se sentó en el sofá, puso sus zapatos sobre la mesita y le hizo la pregunta que le hacía siempre "¿Qué Bob? ¿todavía escribiendo? A ver como pagas este mes las facturas". No podía faltar la respuesta que siempre daba desde la primera vez que le hizo esa pregunta "No me llamo Bob".

Y si la luz quiebra el día que no haya razones para pedir perdón.
Y si te falta algo que buscas piensa en que mañana todo será mejor.

El viejo estaba como siempre, con un traje inmaculado y negro, seguramente italiano, y con los botines lustrosos sobre la mesa. En la última visita el escritor probó a clavarle un cuchillo de cocina en la garganta, lo único que consiguió es que siguiera hablando pero con una voz mucho más gutural e ininteligible. En días previos había probado con otros métodos: lanzarlo por la ventana, asfixiarlo con una bolsa de plástico o incluso tirarle aceite hirviendo... pero nunca se callaba. Si os preguntáis porque el escritor dejaba pasar a tal molesta compañía la respuesta era sencilla, lo que hiciera o dejara de hacer daba igual, si lo dejaba fuera aparecía dentro y si lo dejaba pasar simplemente pasaba.

Me pierdo en sus ojos y caigo en la cuenta
que para morir de pie hay que sangrar en la arena.
Escondernos en palabras que no son nada,
dibujarnos con las manos y pintarnos con saliva.

Mientras, en el otro lugar que no es el otro lugar de antes ni es éste, el escritor que escribía sobre  un escritor y que a su vez era escrito por un escritor previamente escrito, se enfrentaba al el Tiempo con toda la paciencia que puede tener un hombre. "Hey Bob, he leído lo último que escribiste, me parece bueno la verdad, pero seamos sinceros, el relato necesita cambios. Veamos, si en la historia no hay una mujer explícame tú como vas a enganchar al público, sobre todo al femenino. Por otra parte yo, si fuera tú, haría que el escritor fuese realmente un espía, un espía-escritor, pero no solo eso, sería un agente doble ¡eso! ¡un agente doble!. Por lo tanto, siempre llevará encima un revolver que no dudará en usar. También añadía un archienemigo, podría ser un antiguo miembro de la KGB o de la CIA, o quizás de la Gestapo... y todos buscan el Santo Grial o un rollo de esos que se buscan siempre".

Cada noche me acerco a sus oído y siendo objetivo
le describo sus infinitas virtudes y ella, tan pequeña,
hace como si las escuchara por primera vez,
y no me canso de decirle verdades a la cara.

El escritor se había echado un vaso de bourbon y había tomado asiento de espaldas a Él. En algún momento del monólogo se escuchó "Porque Bob, yo no es que sea escritor, más bien soy un lector empedernido, lo que pienso es que deberías dejarte de tonterías y buscarte un trabajo serio. Eso o prueba a escribir sobre vampiros adolescentes o cosas así". El escritor lo miró, apagó el transistor vintage, se acercó a la ventana y se lanzó por ella. Lo último que se escuchó fue "¡Bob! ¡Que te escriben!".